Psicología del Vínculo

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Las dos caras del narcisismo.

Narcisismo vulnerable y grandioso: por qué la vulnerabilidad puede doler más que la grandiosidad cuando amamos.

Imagina a alguien que desea que lo quieran más que nada en el mundo, pero que, en cuanto otra persona lo intenta de verdad, siente que se asfixia y necesita huir. Esa paradoja resume una de las dinámicas afectivas más desconcertantes que estudia la psicología: la de personas que parecen tener una sed enorme de afecto y que, sin embargo, terminan levantando muros infranqueables para protegerse justo de aquello que más anhelan.

Podríamos llamarlo una armadura de cristal.

Esa persona parece sólida y brillante, pero por dentro es frágil y está siempre a punto de estallar. Solemos etiquetar muy deprisa estas conductas como narcisistas, imaginando a alguien arrogante y frío. Pero la investigación psicológica moderna nos cuenta que el narcisismo tiene una cara mucho más sutil y dolorosa de lo que el tópico sugiere. Un estudio reciente de Eleni Ellina y Panagiotis Parpottas, publicado en The European Journal of Counselling Psychology, ofrece algunas claves para desentrañar este misterio, y pone el foco en una idea sorprendente: que la vulnerabilidad puede predecir la inseguridad amorosa con mucha más fuerza que la propia grandiosidad.

No hay un solo narcisismo

Para entenderlo conviene aclarar primero que no existe un único narcisismo, sino al menos dos formas de expresarlo que afectan a la intimidad con otros de maneras casi opuestas. Por un lado, está el narcisismo grandioso, que es el perfil clásico, el que casi todos tenemos en mente y el que recoge el manual diagnóstico DSM-5. Se define por un sentido exagerado de la propia importancia, una necesidad constante de admiración y una notable falta de empatía. Son personas que proyectan una imagen de autosuficiencia y superioridad que parece indestructible.

Por otro lado, está el narcisismo vulnerable, que es la cara oculta de la moneda y la más difícil de reconocer a simple vista. También gira en torno a fantasías de grandeza y a una sensación interna de tener derecho a todo, pero esas convicciones viven escondidas, casi nunca se muestran al exterior. Por fuera, de hecho, la persona puede parecer tímida, reservada o incluso humilde. Su realidad cotidiana está hecha de hipersensibilidad y de una inseguridad que no descansa: una crítica menor, un gesto ambiguo o un silencio se interpretan como un rechazo enorme, y cualquier comentario se vive como una herida. A esto se suma un vaivén agotador entre sentirse superiores y, al minuto siguiente, profundamente inferiores, de modo que pasan del orgullo secreto a la vergüenza con una facilidad desconcertante. Tienden a compararse sin parar con los demás, a sentir una envidia que les cuesta admitir y a retraerse del mundo cuando temen no estar a la altura. Y bajo todo ello late una pregunta que nunca se calla del todo: la sospecha de no ser, en el fondo, lo bastante valiosos para que alguien los quiera de verdad. Es esa fragilidad interna, y no la arrogancia visible, la que convierte al narcisismo vulnerable en el motor invisible de una dinámica que desgasta tanto a quien la sufre como a quien lo ama.

Y aunque el grandioso domina nuestro imaginario colectivo, es el vulnerable quien aparece una y otra vez en los estudios sobre vínculos de pareja, porque su fragilidad es el motor invisible de una dinámica que desgasta tanto a quien la sufre como a quien lo ama.

Conviene aclarar algo antes de seguir, para no caer en la tentación de repartir diagnósticos a diestro y siniestro. El narcisismo no es necesariamente un trastorno, ni una etiqueta que separe a las personas ordinarias de las que no lo son. La psicología actual lo entiende, más bien, como una dimensión: una línea continua en la que todos nos situamos en algún punto. En sus dosis justas, una cierta cantidad de narcisismo es no solo normal, sino que es sana e incluso necesaria, porque tiene que ver con quererse a uno mismo, con confiar en las propias capacidades y con defender lo que uno vale. El problema no es tener rasgos narcisistas, que todos los tenemos en mayor o menor medida, sino el grado en que aparecen y, sobre todo, hasta qué punto generan sufrimiento o dañan los vínculos. Solo cuando esos rasgos se vuelven rígidos, intensos y persistentes empezamos a hablar de algo clínicamente relevante. Por eso, al leer lo que viene a continuación, conviene mirarlo menos como un retrato de “los narcisistas” y más como un mapa de tendencias que, en cierta medida, nos atraviesan a todos.

El mapa que dibujamos en la infancia

Para comprender de dónde nace todo esto tenemos que ir hacia atrás, hasta la infancia, y recurrir a la teoría del apego. Esos modelos internos que aprendemos de pequeños, en la relación con nuestras principales figuras de vínculo, sobre cómo relacionarnos con los demás, funcionan después como un mapa silencioso que guía nuestras relaciones adultas. El estudio comentado se centró en ciento cincuenta y un adultos de habla griega, en su mayoría chipriotas, de entre veinticinco y treinta y cinco años. Esa franja de edad no es casual. Coincide con lo que el psicólogo Erik Erikson llamó la etapa de intimidad frente al aislamiento, ese momento vital crítico en el que los seres humanos buscamos formar vínculos profundos y duraderos. Y los autores añaden un matiz fascinante: en culturas más colectivistas como la griega o la chipriota, la necesidad de conexión puede chocar con el deseo narcisista de autonomía de forma mucho más intensa que en las sociedades occidentales, más individualistas.

Dos formas de vincularse

Quizá te preguntes qué tipo de apego se esconde detrás de cada una de estas dos caras del narcisismo, y la investigación apunta algunas tendencias claras, aunque conviene tomarlas como pautas generales y no como etiquetas exactas. El narcisismo grandioso suele encajar con un apego evitativo: son personas que aprendieron a depender lo menos posible de los demás y que mantienen apagada esa alarma emocional para no sentirse vulnerables, lo que explica su aire de independencia y autosuficiencia. El narcisismo vulnerable, en cambio, se relaciona con un apego ansioso, y muy a menudo con una mezcla de ansiedad y evitación a la vez (apego desorganizado). Y ahí reside el núcleo de su tormento, porque desea con fuerza la cercanía pero teme que esa misma cercanía lo deje al descubierto. Anhela que lo abracen y, al mismo tiempo, necesita escapar del abrazo. Esa contradicción, querer y huir en el mismo gesto, es la huella de su forma de vincularse.

El peso oculto de la vulnerabilidad

Pero el hallazgo más revelador del estudio llegó cuando los investigadores se pusieron a analizar los datos. Al principio parecía que el narcisismo grandioso era el que predecía mejor la inseguridad en la pareja. Sin embargo, en cuanto introdujeron el narcisismo vulnerable en la ecuación, el efecto de la grandiosidad quedó prácticamente neutralizado. Dicho de otro modo, la grandiosidad del narcisita por sí sola no es lo que genera más ansiedad ni más evitación en el amor, sino la vulnerabilidad del perfil vulnerable.

Lo que de verdad predice la inestabilidad emocional en las parejas, es la vulnerabilidad.

Como reflexionan los propios autores, esa vulnerabilidad conduce a la sobreactivación del sistema de apego, y conduce a estas personas a vivir con un miedo casi permanente dentro de su relación.

Conviene detenerse un momento en esa idea de la sobreactivación del sistema de apego, porque es más fácil de entender de lo que parece. Todos llevamos dentro una especie de alarma emocional que se enciende cuando sentimos que un vínculo importante está en peligro: es la que nos empuja a buscar cercanía cuando echamos de menos a alguien, o cuando tememos perderlo. En la mayoría de las personas esa alarma salta solo de vez en cuando y luego se calma. Pero en quienes tienen un apego inseguro, lo cual es típico de las personas con un narcisismo vulnerable, el sistema está demasiado sensible y se dispara una y otra vez ante señales mínimas, a veces inexistentes. Un mensaje que tarda en llegar, un tono algo más seco de lo normal o una noche de menor atención por parte de su pareja, bastan para activar la alarma a todo volumen. El resultado es un estado casi permanente de vigilancia y angustia, en el que la persona busca reaseguro de forma constante y, sin embargo, nunca termina de sentirse tranquila.

Siempre se centra en lo que falta, o en lo que cree que le falta, no en lo que tiene.

En el narcisista vulnerable las defensas son sencillamente insuficientes para protegerlo del estrés que supone relacionarse con otro. Su armadura no es de hierro, sino de cristal, y deja pasar el miedo.

Querer y huir a la vez

¿Y por qué sufre tanto en pareja? La respuesta está en sus modelos internos, que tiran de él en dos direcciones a la vez. Por una parte, vive convencido de no valer lo suficiente para ser querido, lo que lo mantiene en una vigilancia extrema ante cualquier señal de rechazo. Por otra parte, siente que los demás son poco fiables o que tarde o temprano le harán daño. Esa combinación lo deja en un estado de alerta constante. Su deseo de sostener esa fantasía íntima de ser especial lo empuja a evitar el compromiso real, porque para él la intimidad profunda es una amenaza. Si deja que alguien se acerque demasiado, teme que su fragilidad quede al descubierto y que la ilusión se haga añicos. Por eso, muchas veces, prefiere huir antes de ser descubierto.

Una cuestión de mirada

Por todo ello les cuesta mucho formar bases seguras de apego. Estas dinámicas relacionales complejas se manifiestan a menudo incluso en las consultas clínicas profesionales, es lo que los terapeutas llaman rupturas de la alianza terapéutica. El cliente boicotea la terapia para no descubrirse, ni ser descubierto en esa vulnerabilidad. Sin tiempo para formar vínculo con el terapeuta, abandonan la terapia. A menudo también suceden en la vida y en las relaciones cotidianas. A estas personas les cuesta mucho formar una base segura incluso con el terapeuta. Formar esa base segura es imprescindible para optimizar sus relaciones y superar el problema.

Según los investigadores más arriba mencionados, los terapeutas y también las parejas de estas personas tan vulnerables, deben conocer que, con ellas el camino a una base segura empieza por mirar más allá de la etiqueta. Si entendemos que el distanciamiento de una pareja o de un cliente, o su exigencia constante de atención, no nacen de la vanidad, sino de un miedo abrumador a no ser suficiente, entonces podemos empezar a tender puentes desde la empatía en lugar de desde el juicio.

Quizá lo más importante que nos deja esta investigación es un cambio de mirada.

El narcisismo no es solo un espejo en el que alguien se admira. En su cara vulnerable es, sobre todo, una pared que alguien ha construido para no volver a salir herido.

El miedo a no dar la talla y el miedo a depender de otro son, muchas veces, las dos caras de una misma moneda. Y reconocer estas dinámicas es siempre el primer paso para transformarlas, porque para amar de manera madura primero tenemos que ser capaces de bajar la guardia.

Así que te dejo con una pregunta para llevarte a casa. ¿Somos capaces de reconocer la vulnerabilidad que se esconde detrás de las paredes que nosotros mismos levantamos para proteger nuestro ego?

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